Mientras abraces con fe, se te abrirán los visillos
pero no las puertas.
Nadie ama al martillo.
Fascina el centelleo de las chispas
que saltan del golpe contra la piedra
pero nadie ama al martillo.
Nadie, absolutamente nadie,
ama al martillo o, al menos,
no mientras se esté endureciendo poco a poco y no haya podido
demostrar su valía
-que se le de nombre
en estos días
es más importante que serlo-.
Hay una vieja galesa
-setenta años y salta al potro
atlética, ¿cómo si no?-
que me golpea con indiferencia y me sonríe
en las fotos
y me llama al zazen
ajusta mi montura
confía en mí
y me dice en silencio: nadie nos ama, a los martillos,
pero no podemos ser otra cosa
que herramienta tosca, brutal, ciega
pero con los nervios a flor
en las piernas
y el centro de gravedad
cada vez más bajo.
Y yo la creo
y me da un frío terrible saber
que me faltan cincuenta años o más
-o puede que nunca-
para recibir abrazo
de aquellos que hoy me recuerdan
que nadie ama al martillo.
Quiero llenar mi casa en el campo de máquinas extrañas que generen sonidos nuevos y que pueda controlar con mis manos.
Y tengo que hacerle sitio a mi vieja guitarra Gibson y a mi nuevo amplificador Fender en todo esto.
Me cuesta muchísimo volver a tocar en grupo, volver a improvisar. Toda jam session supone, con los músicos que me rodean, doblegarme y hacer que valga más mi deseo de contacto humano que mi deseo de experimentación.
Todo esto va a cambiar. Voy a ponerme manos a la obra en cuanto vuelva del siguiente viaje. Puede que incluso antes.
Lo que me faltaba. Para el perro más solo del mundo, la experimentación es la más solitaria de las casetas.
Hay una llamada íntima y preciosa en todo lo solitario, en el contacto directo y silencioso con las cosas.
Sobre la bicicleta, entrenando para hacer el camino de Santiago sobre dos ruedas con mi hermano, recordando al Santiago de "El viejo y el mar" y su respeto por el dolor y la fuerza.
Sobre el caballo, explicándole con el cuerpo y en silencio qué es lo que quiero que haga y agradeciéndole también en silencio que quiera trabajar conmigo y que, tras bajarme de su lomo, se acerque a mí para mostrarme el mismo cariño que le tengo yo.
Sobre la moto, aprendiendo a controlar la marea de mi cabeza que hace, en ocasiones, que me olvide de mi cuerpo, que es lo único que tengo. Preparándome para, algún día, poder hacer Córdoba-Varsovia (sí, por fin he aprobado el carné).
Montar solo y en silencio para poder acercarme más y mejor a los demás. Aprender a meditar sobre mi montura. Desplazarme sintiendo el desplazamiento. Conocer.
Ha podido.
Me dijo que todos iban a hacerlo y que oponerse era inútil.
A cada palabra que yo escribía me mostraba seiscientas imágenes.
Yo decía "ser santo o ser muerto" y él decía "te harás mayor y no podrás correr tan aprisa".
Y me reía. ¿Acaso no sé yo de sobra la resistencia de mis piernas?
Pero bajé la guardia y me crecieron otros brazos
que amé tanto como a los míos propios
e incluso más que a los míos.
¡Qué hijo de puta!
Ahí lo vio claro. "Yo no te podré atacar a tí,
que hueles a canela y almendra
mientras te pudres,
pero le sacaré la sangre a tus nuevos brazos
y ellos vendrán a mí y dirán que no está tan mal,
que se puede jugar de otra forma,
que tampoco hay que ponerse así".
Ahora "Dança da solidão" e "Imagine" cantada por A perfect circle.
Sí, claro, ahora. ¿Acaso esperabas otra cosa?
Aprended por vuestra cuenta vuestras limitaciones personales,
conoced a fondo los obstáculos y tratad de superarlos.
Después de esto, todo lo que hagáis, hacedlo de todo corazón. Jerzy Grotowski - La conferencia de Skara
Om Mahakala Kala Bikala Ratrita Dombini Chandali Rakshasi Singhali Devibhyo Hung Pet Om Shri Mahakala Hum Phat
Mantengo intacta mi cólera, sin odio, sin resentimiento ni rencor, pero disponible para todos los que no tengan medios de recurrir a ella, demasiado destruidos por los más salvajes.
Onfray, M. (2008) La fuerza de existir. Manifiesto hedonista. Anagrama.
Música: Monjes del monasterio de Gyütó - Tantra de Mahakala
Fernando lo escuchó en su despedida. Grande hasta en sus gustos.
Por supuesto, no estoy hablando del disco del infumable Bunbury, sino de la película de Fernán-Gómez.
Acabo de verla por... ¿tercera vez? No sé...
Es extraño, pero en esta ocasión, al acabar la secuencia de créditos, me da por revisarme los bolsillos de dentro y resulta que me siento terriblemente solo. Ha ocurrido de repente, al pensar que el creador, actor y director de lo que acababa de ver ya no está entre nosotros. Sé que no es noticia, claro, pero este espacio no es, lo sabes, de actualidad que digamos.
Pero eso sí, ha sido la primera vez que he visto la película pensando en mí mismo como parte del mundo del teatro, no como espectador, que también es parte, claro, sino como escritor y director.
Da miedo dedicarse a un oficio que lleva agonizando ya más tiempo que vivo (y que dure), que no ofrece ningún tipo de seguridad y, mucho menos, a quienes se arriesgan lo más mínimo o, simplemente, deciden que por ese camino no y por este, pues vamos a probar.
Echo de menos a Fernando Fernán-Gómez, pero esta vez de un modo prácticamente personal, como si echara en falta a alguien que ha estado viviendo conmigo, en la misma casa. Quizá, y solo ahora me estoy dando cuenta, se nos haya ido a todos los que nos dedicamos a esto de entretener una parte de lo que debe ser el oficio, es decir, la visión clara de que esto es, también y puede que sobre todo, un oficio.
Si algún día me llega la fama y se me sube a la cabeza (no es un deseo, pero cosas más absurdas se han visto), recordadme la furgoneta en la que viajaban rumbo final a Madrid.
Dignidad, aunque no sepa lo que es, y confort, aunque tenga que inventármelo.
Descansa en paz, amigo. Gracias a tí intuyo el destino del viaje.
Gracias a David Fernández me asaltó el gusanillo de volver a retomar a Bach. Él la cantó para nosotros, sin su inseparable cello, simplemente tarareando, como regalo, y logró sobrecogerme el cabronazo. No dudes que te copiaré la idea de prescindir del cello.
Bach y la suite número dos en re menor. Me encanta la idea de que maravillas así puedan salir de la mente de alguien al que se le presupone gris.
No existe nada más allá de Bach.
Comentad, hostias, ¿es que no teneis sangre en las venas? ¿No escuchais esta delicia?