Tengo un paciente que, como muchísimos hombres, solo sabe reaccionar con ira a las agresiones externas.
Si algo o alguien lo acorrala, rompe cosas e insulta.
Si no trabajo con él o, mejor, si no trabajamos juntos, seguramente llegará a agredir físicamente a sus seres queridos.
Ya lo ha hecho verbalmente.
Tengo un paciente que, como muchos de nosotros, tiene un interruptor con dos posiciones.
Nada de un
dimmer suave y amable.
Alegría - Ira.
1000 vatios de potencia para reirse con otros colegas igual de asustados o para gritar, insultar y partir mobiliario.
Tengo un paciente binario, como muchos hombres que somos.
Cuando entra en la consulta me saluda con una sonrisa franca, abierta, llena de amor y miedo.
Cuando siente miedo
o dolor
o tristeza
responde con ira.
Solo conoce esa ira
-le tengo mucho aprecio-.
Si siente celos, monta en cólera.
Si se siente inferior, monta en cólera.
Si se topa con la duda, monta en cólera.
Si echa de menos, monta en cólera.
Contra los demás
y contra sí mismo.
Yo solo sé ponerme triste.
Si lo suyo no fuera más dañino que lo mío
-que no digo que lo mío no lo sea-
seguramente seríamos buenos amigos
en lugar de trabajar el problema
y seguramente acabaríamos
tocando blues juntos
con los cascos puestos.